YO, DANIEL BLAKE, de Ken Loach.- Terreno conocido. Gente común luchando y en desventaja contra la insensibilidad del sistema. Destrato, explotación, insensibilidad. Daniel es un carpintero de 59 años al que le falla el corazón. Su médico le prescribió reposo, pero los servicios sociales, para poder darle la asignación, exigen que el pobre Daniel se meta en internet y demuestre que intenta conseguir trabajo, aunque cuando lo logre, deberá rechazarlo. Círculo perverso y vicioso de un sistema que no sabe qué hacer para reducir su nómina de subsidiados. Y que necesita de falsedades y tachaduras para avanzar. Pasa allá, aquí y en todas partes. La burocracia de los laberínticos caminos de ayuda siempre juega a favor del elefantiásico Estado y no para los necesitados. En los escritorios se decide. Y en la calle se padece.
El filme no tiene el rigor ni el espesor dramático de otros trabajos de Loach, pero transmite la nobleza de siempre y muestra que, si su discurso y su estilo se repiten, es porque nada ha cambiado desde que levantó por primera vez su dedo acusador
Estamos en medio de caminos largamente recorridos por el cine de Loach, cuya conciencia social y espíritu denunciador han dejado marcas señeras. El octogenario realizador no abandonó jamás ni sus formas ni sus fondos. Sus obras muestran con potente naturalidad lo que pasa en las clases bajas, donde escasea el trabajo, la plata, la esperanza. Lo hace sin enfatizar su discurso, como dejando que la propia realidad se atreva a contar lo que sucede. Sus mejores filmes respiran sensibilidad y verosimilitud. Pero ha insistido tanto en su enfoque y en sus temas, que “Yo, Daniel Blake” suena como una repetición. A este carpintero –buena gente, como son los protagonistas de Loach- se lo ve desamparado. El sistema lo agobia y lo puede. Katie, una madre con dos hijos, víctima de la misma injusticia, entrará en su vida, como para hacer ver uno de los postulados centrales de los filmes de Loach: que no hay reparación oficial capaz de compensar el padecimiento de los postergados y que sólo la solidaridad que se da entre ellos será capaz de otorgarles alguna batallas, aunque de antemano la guerra siempre esté perdida. Y aquí será Katie, esa joven madre, la que compartirá penurias con Daniel Blake y mostrará la cara oscura de un sistema que obliga a bajar los brazos o a tentarse con remedios marginales, como esos vecinos de Daniel que andan vendiendo sospechosas zapatillas o las urgencias de Katie que la llevarán por mal camino o la desesperación del mismo Blake, obligado a exponer en los muros sus penas tan desatendidas.
El filme no tiene el rigor ni el espesor dramático de otros trabajos de Loach, pero transmite la nobleza de siempre y muestra que, si su discurso y su estilo se repiten, es porque nada ha cambiado desde que levantó por primera vez su dedo acusador. (***BUENA)
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